Historias de vida

El surfista que no había visto el mar

refugiado surfista
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31 Julio 2017

Este refugiado sirio de 16 años ni siquiera sabía nadar cuando huyó de su país. Una vez refugiado en Líbano, Ali vio el mar por primera vez y quedó totalmente fascinado. En Líbano, su esfuerzo y determinación le han llevado a surcar las olas con los mejores del país.

A cientos de kilómetros de su Alepo natal, en el interior de Siria, Ali y su familia llegaron a una ciudad costera cercana a la capital de Líbano se cierne sobre el Mediterráneo. El mismo mar que ha quitado la vida a miles de sus compatriotas se ha convertido en un remanso de paz para este joven que ha podido cambiar los sonidos de las bombas por los del suave oleaje.

Un trozo de gomaespuma convertido en una tabla de surf

Aunque su postura confiada hace pensar que lleva toda una vida entre las olas, la realidad es bien distinta. Hace menos de 6 años, Ali aún no había aprendido a nadar. Al llegar a Liyeh, la cuna de la comunidad surfista en Líbano, decidió aprender a nadar por su cuenta.

Luego, se sentaba en un acantilado para observar y estudiar cada uno de los movimientos de los surfistas que allí practicaban. Meses después, construyó su propia tabla de surf con lo que tenía a su alcance: un trozo de gomaespuma.

En un frío día de abril de 2015, Ali se decidió a hacer su primera incursión con la tabla. Los surfistas locales, que regresaban de buscar olas, vieron al chico esperando en el borde del agua. “No pensaban que se iba a aventurar en las aguas agitadas. Era muy peligroso, especialmente sin estar entrenado o sin tabla de surf o traje de neopreno”, recuerda El Amine, un americano-libanés de 34 años. “Iba a mitad de camino cuando le dijimos que regresara porque no tenía cuerda en la tabla y el agua todavía estaba fría”, cuenta. Pero Ali no les hizo caso, quería probar.

niño refugiado surfista

“Cuando surfeo, me olvido de todo”

Finalmente, El Amine convenció a Ali para que volviera a la playa, aunque quedó impresionado por su audacia y decidió regalarle una tabla de surf, un traje de neopreno y enseñarle a surfear. Desde que se subió en la tabla, Ali no sólo logró mantenerse en pie, también logró olvidar su doloroso pasado y empezar a mirar hacia el futuro.

Aunque Ali ya no recuerda casi nada de Siria, aún tiene en mente a su hermano mayor, quien perdió la vida cuando una bomba cayó en la panadería mientras compraba el pan, en Siria.

“El surf me ha enseñado a ser fuerte en la vida. He aprendido que no hay nada imposible. Si quieres hacer algo, debes hacerlo”

Desde entonces, Ali sale con El Amine y su grupo de la playa siempre que el viento y las olas lo permiten. Juntos, aprenden nuevos trucos y wipeouts mientras se retan unos a otros. Entre neoprenos, poco importa su condición de refugiado: “A mí no me importa que venga de un país o de una religión diferente. Lo único que importa son sus ansias de hacer surf”, dice El Amine.

Ali forma parte del millón de refugiados sirios que viven actualmente en Líbano, un país de sólo cuatro millones de habitantes.

En Líbano, Ali disfruta de seguridad y libertad, aunque los problemas económicos le han obligado a dejar la escuela que espera reanudar después de verano. A veces, consigue trabajo en la tienda de surf para ayudar a su familia a llegar a fin de mes mientras sueña con regresar a Siria y abrir su propia escuela de surf.

Ali ya ha empezado a cumplir sus sueños. Otros miles de niños en Siria te necesitan.
 
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