Historias de vida

#UnNuevoHogar: “No tenía nada más que perder. No me daba miedo subirme a un bote y cruzar el mar”

Refugiados en Europa han cruzado a traves del mediterraneo y han sido acogidos por familias en sus casas
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13 Septiembre 2016

La familia Schamberg, de Austria, presenta a Nawras como su propio hijo. Tras meses de convivencia, el refugiado sirio se ha convertido en parte de la familia.

Nawras mide casi dos metros de alto y era jugador del equipo nacional de baloncesto en Siria. Cuando en el año 2006 la hija de la familia austriaca, Valerie, fue a estudiar árabe a la ciudad siria de Aleppo, la familia de Nawras la acogió y cuidó como a su propia hija. En noviembre de 2015, Valerie se enteró de que Nawras había huido de Siria hasta la frontera de Austria y en seguida llamó a sus padres.

“A las 9 de la noche recibí una llamada de Valerie diciendo que Nawras estaba en la frontera”, recuerda Martina. “Al día siguiente a las 9 de la mañana, lo recogimos”, añade.

Desde el momento en el que se vieron, se cayeron bien y enseguida formaron un estrecho vínculo. Ahora pasean por la pequeña ciudad austriaca de Bad Schallerbach, donde Martina Schamberg le presenta como su hijo.

 “Siento como si fuera mi hijo”, dice orgullosa Martina. “Él me acepta, aunque soy un poco diferente a su madre. Se abre mucho a mí, como un amigo”.

"No tenía nada más que perder"

Nawras Ahmadook jugaba en el equipo nacional de baloncesto en Siria, pero tuvo que huir de su país en 2014 para evitar el reclutamiento militar. Lo primero que hizo fue viajar a Líbano, donde estuvo cerca de dos años trabajando 14 horas al día. Compartía un piso en ruinas con otros cinco sirios, pero casi no llegaba a fin de mes. Cambió la pelota de baloncesto y los torneos alrededor del mundo por una mopa para limpiar el suelo, pero el final de su permiso de residencia en Líbano se acercaba y sabía que tenía que marcharse.

“Pensé en todo lo que había pasado y todo lo que había perdido: mi familia, mis amigos, mi país, mi casa. Realmente no tenía nada más que perder. No me asustaba subirme en un bote y cruzar el mar. Vivir en Siria no es una opción”.

Martina está segura de que le irá bien en Austria y asegura que siempre será parte de la familia, sin importar dónde vaya.

La experiencia de la familia Schambergers ha inspirado a otros amigos a acoger refugiados. “La gente nos está viendo de cerca. Cada persona que conoce a Nawras, le quiere. Puede que estemos dando un buen ejemplo”, asegura la familia.

Ésta es sólo una de los cientos de historias que han sido acogidas en Europa, que han roto las barreras del idioma, cultura y religión. Un ejemplo de generosidad que nos llena de esperanza y de humanidad.

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