El 21 de marzo se celebra el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, un problema que lejos de desaparecer se ha agravado en los últimos años. El racismo, además de ser una de las causas de persecución de minorías étnicas, es un problema añadido para refugiados y solicitantes de asilo en los países de acogida.
Discriminación racial es el término utilizado para referirse a la exclusión o trato desigual a una persona o colectivo a causa de su raza.
La discriminación racial, racismo o xenofobia son problemas a los que se enfrentan millones de personas de todo el mundo, entre ellos, refugiados que han tenido que cruzar las fronteras de su país para llegar a un lugar seguro.
De los 30 artículos de los derechos humanos, los dos primeros se refieren directamente a la igualdad y a la no discriminación racial.
En 1966, la ONU adoptó uno de los principales tratados internacionales en materia de derechos humanos: la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial. Sólo 5 países de todo el mundo no están, a día de hoy, adheridos o han ratificado la convención.
Dentro del trabajo de la Agencia de la ONU para los Refugiados, combatir el racismo y amparar a sus víctimas son dos puntos claves en la lucha por proteger a las personas forzadas a huir. Desgraciadamente, aún queda mucho trabajo por hacer para acabar con la discriminación racial.
Ataques xenófobos en 5 regiones geográficas
Cuando, en 2015, Luigi vio a una muchedumbre armada con palos y machetes coreando lemas anti-extranjeros en Sudáfrica, no dudó en abandonar su puesto de calzado para refugiarse. Tener que huir no era ninguna novedad para ella, quien 10 años antes escapó de la República Democrática del Congo tras ver cómo un grupo de rebeldes violaba a su cuñada.
Durante la crisis económica en Sudáfrica, los extranjeros se habían convertido en el chivo expiatorio y Luigi tuvo que esconderse durante semanas hasta que acabó la violencia. Su hija, en cambio, se mantuvo a salvo gracias a su dominio del idioma zulú. “Ninguno de mis amigos sabe que soy congoleña. Nunca se lo he contado. Si lo supieran, me darían de lado o me harían la vida imposible”, confiesa.
“Hay un aumento en el número de refugiados que acuden a nuestras oficinas para solicitar más ayudas, pero nuestros recursos son limitados y no podemos con todo”.
Yasmin Rajah, directora de Servicios Sociales para los Refugiados.
Cuando volvieron a su piso, todo había quedado reducido a cenizas. “Ya no me quedaba nada del dinero que había recibido de ACNUR para pagar el alquiler”, dice Luigi destrozada al ver incinerado todo lo que había conseguido.
A través de un programa de emergencia financiado por ACNUR consiguieron un apartamento, ayuda económica, ropa, un colchón y cupones para comida; pero después de los tres meses que dura el programa, Luigi seguía sin ganar lo suficiente para vivir y se convirtió en indigente.
Aunque ACNUR le sigue ayudando mediante un programa para quienes han perdido su medio de vida por violencia xenófoba, pero su negocio tiene muchas dificultades. “He pasado de ser autosuficiente a vivir en la calle. He perdido toda esperanza”, confiesa.