El clima extremo ya no es una amenaza futura. Está ocurriendo ahora, y está transformando vidas en cada rincón del planeta. Sequías, inundaciones, incendios... los fenómenos extremos son cada vez son más intensos e impredecibles. Para muchas personas, esto no es solo una crisis ambiental. Es el momento en el que sus vidas cambien para siempre. De un día para otro, lo pierden todo: sus tierras, sus cosechas, su forma de vida. Se ven obligadas a huir, a dejar atrás su historia, sus raíces. No por elección, sino por supervivencia.
Cada año, millones de personas se ven forzadas a desplazarse dentro de sus países o a cruzar fronteras en busca de algo tan básico como agua, alimento o un lugar seguro donde dormir. Las personas refugiadas y desplazadas son las más vulnerables a la crisis climática, las que tienen menos recursos y las que viven en las zonas más expuestas del planeta. Y, sin embargo, son quienes menos han contribuido a causarla.
Cuando llegan a su destino, la realidad no es más fácil. Muchas veces terminan en tierras que no pueden cultivar, en refugios frágiles que no resisten otra tormenta, otro incendio, otra inundación. Sin acceso suficiente a los servicios básicos, reconstruir sus vidas se convierte en una lucha constante. Cada día es una batalla por sobrevivir.
Están al límite. Necesitan ayuda urgente.
Ahora son ellas, pero, en cualquier momento, podríamos ser nosotros.
Por precipitaciones intensas y prolongadas, desbordamiento de ríos, deshielo muy acelerado, huracanes, monzones, mareas altas inusuales, tsunamis, huracanes o la ruptura de infraestructuras hidráulicas como presas o diques. Ese exceso de agua puede superar la capacidad de absorción del suelo o de los sistemas de drenaje, provocando que el agua se acumule rápidamente en áreas habitadas o agrícolas.
Además, el calentamiento global está provocando alteraciones climáticas cada vez más extremas, lo que eleva el riesgo de inundaciones.
Las inundaciones pueden tener consecuencias potencialmente devastadoras para las personas, sus viviendas y los ecosistemas. Provocan daños materiales (destrucción de viviendas, carreteras, puentes, cultivos, infraestructuras), pérdidas humanas, desplazamientos de población, impacto ambiental e, incluso, problemas de salud por la posible propagación de enfermedades por el agua contaminada.

El hambre en el mundo no existe por falta de alimentos sino por una combinación de factores económicos, políticos, sociales y ambientales. La pobreza, los conflictos armados, la distribución desigual de alimentos, el clima extremo (sequías, inundaciones, etc.), la falta de infraestructuras, políticas y sistemas económicos injustos, entre otros factores, influyen en la falta de alimentos crónica en muchos países del mundo.
En 2023, aproximadamente 733 millones de personas en el mundo padecieron hambre crónica, lo que equivale a una de cada 11 personas. El hambre y la malnutrición extrema son un obstáculo para el desarrollo sostenible y hacen que las personas que la padecen sean menos productivos, más propensos a enfermedades y más imposibilitados para mejorar sus medios de vida.

La principal es la falta de lluvias fuera de lo normal(déficit de precipitación), pero también otras como las altas temperaturas que aumentan la evaporación del agua del suelo y reducen la humedad y llevan a la escasez de agua también en ríos y acuíferos. También influyen el cambio climático que hace que las sequías sean más frecuentes, intensas y duraderas, la deforestación que altera el ciclo del agua y la sobreexplotación del agua para la agricultura, la industria y el consumo humano.
Tiene consecuencias devastadoras para la población: en la agricultura (menor producción de alimentos, subida de precios e inseguridad alimentaria), escasez de agua potable, daños en el medio ambiente, impacto para salud por el aumento de enfermedades (mala higiene o consumo de agua contaminada), pérdidas económicas (agricultores, ganaderos, industrias, etc.), además de conflictos y desplazamientos de población.
