El ébola es una enfermedad grave y, a menudo, mortal causada por virus del género Orthoebolavirus que afecta a los seres humanos. Se caracteriza por provocar una fiebre hemorrágica severa y su tasa de letalidad ronda el 50 %, aunque puede variar entre un 25 % y un 90 %, dependiendo del brote y del acceso al tratamiento.
La Organización Mundial de la Salud señala que existen seis especies de Orthoebolavirus, tres de las cuales han causado grandes brotes:
El ébola se detectó por primera vez en 1976 en África central. Desde entonces, se ha propagado a diferentes regiones del continente, afectando tanto a zonas rurales como urbanas en países como Sierra Leona o Liberia. Una de las primeras zonas donde se identificó fue Yambuku, una aldea cercana al río Ébola, en la República Democrática del Congo, que dio nombre a la enfermedad.
El periodo de incubación, es decir, el tiempo entre la infección y la aparición de síntomas, varía entre 2 y 21 días.
Los primeros síntomas suelen aparecer de forma repentina e incluyen:
A medida que la enfermedad progresa, pueden aparecer:
Aunque popularmente se asocia el ébola con hemorragias, estas no son tan frecuentes y suelen presentarse en fases más avanzadas. En algunos casos, los pacientes pueden sufrir sangrados internos o externos, como sangre en el vómito o en las heces, así como hemorragias por la nariz, las encías o la vagina. También puede haber sangrado en los puntos de punción en la piel.
Por último, cuando el sistema nervioso central se ve afectado, pueden aparecer alteraciones como confusión, irritabilidad o comportamientos agresivos.
El ébola no se transmite por el aire (como la gripe o el COVID‑19) ni por contacto casual, como dar la mano o estar cerca de otra persona. Además, solo se contagia cuando la persona infectada ya presenta síntomas.
Puede iniciarse cuando una persona entra en contacto con animales infectados (como murciélagos o primates). Esto ocurre al cazar, manipular o consumir animales infectados.
Esta es la vía principal y el contagio ocurre por contacto directo con fluidos corporales de una persona enferma o fallecida, como: sangre, vómitos, heces, saliva, orina, sudor, semen o leche materna.
El virus entra en el organismo a través de heridas en la piel o por las mucosas (ojos, nariz o boca).
También puede transmitirse mediante el contacto con objetos contaminados, como ropa, sábanas, agujas o material médico.
Por otro lado, el ébola puede contagiarse durante el cuidado de enfermos sin protección (familiares o sanitarios), en rituales funerarios si hay contacto con el cuerpo.
Actualmente, no existe un tratamiento curativo universal para todas las variantes del ébola, pero sí medidas que mejoran significativamente la supervivencia:
La Organización Mundial de la Salud colabora con los países en riesgo para prevenir brotes mediante la vigilancia y la preparación sanitaria. Cuando surge un brote, interviene con medidas como:
En definitiva, el ébola sigue siendo una enfermedad altamente peligrosa, pero su transmisión puede controlarse con medidas adecuadas de prevención, detección y atención sanitaria. La rapidez en la respuesta médica, la formación del personal y la colaboración de las comunidades son factores clave para frenar los brotes. Aunque aún existen desafíos, los avances en vacunas y tratamientos ofrecen esperanza para reducir su impacto en el futuro.