¿Sabías que cada año se pierden 10 millones de hectáreas de bosques a causa de la deforestación? Los bosques son esenciales para la vida en el planeta y su desaparición puede tener consecuencias irreparables. Por tanto, es esencial protegerlos y de ahí que, en 2012, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamara el 21 de marzo como el Día Internacional de los Bosques.
El Día Internacional de los Bosques 2026 se centra en el vínculo entre bosques y economías, destacando cómo estos ecosistemas son fundamentales para impulsar el bienestar económico. Su contribución no se limita a los empleos o ingresos procedentes de la producción forestal o del comercio de recursos renovables y alimentos; los bosques también respaldan a la agricultura familiar y comunitaria, favorecen un mejor rendimiento agrícola y protegen la salud de las cuencas hidrográficas.
En un contexto en el que numerosos países buscan avanzar hacia modelos de bioeconomía sostenible, los productos forestales surgen como alternativas naturales a materiales con una elevada huella de carbono, generando además nuevas posibilidades de desarrollo económico.
En definitiva, los bosques son esenciales para mantener economías sólidas hoy y asegurar prosperidad para las generaciones venideras.

En el campo de refugiados de Tongogara en Zimbabue, un grupo de jóvenes lidera los esfuerzos por restaurar su entorno e inspirar a otros a apoyarles en su lucha contra el cambio climático. El campo se creó en 1984 para acoger a la población refugiada de Mozambique que huía de la guerra civil en su país. Hoy en día, viven unas 16.000 personas que vienen principalmente de Burundi, Ruanda y Mozambique. Durante las dos últimas décadas, la llegada de más refugiados y refugiadas a Tongogara hizo que se talaran muchos árboles para construir alojamientos, obtener leña y producir carbón.
En este campo, hay un grupo de jóvenes refugiados activistas que forman parte de la RCCA (las siglas en inglés), la Coalición de Refugiados para la Acción Climática. Se creó en abril de 2020 para sensibilizar a los residentes de los campamentos sobre el impacto del cambio climático y la necesidad de preservar el entorno. Uno de sus miembros fundadores es Elie Tshikuna que recuerda cómo llegó con su familia de la República Democrática del Congo en 2010 y había árboles por todas partes. Cuenta que a medida que crecía el número de refugiados, se iban talando más árboles, quedando prácticamente los que están a las afueras del recinto.
“Así es como se cura la Tierra. Al plantar árboles, estamos dando un mensaje directo a los líderes mundiales de que queremos menos monóxido de carbono y sustancias relacionadas con el carbono en la atmósfera. También es una forma de fomentar la responsabilidad en la niñez y la juventud, ya que crecen sabiendo que cada árbol talado debe ser reemplazado”.
Elie Tshikuna, joven activista ambiental y miembro fundador de la RCCA.
Él y otros miembros de la RCCA convocan de manera periódica entre 30 y 50 jóvenes refugiados para plantar árboles. Estos sirven, no solo para proporcionar sombra en verano, sino que actúan como cortavientos durante las tormentas, además de evitar la erosión del suelo. La RCCA ha plantado, desde 2020, unos 2.000 árboles en Tongogara y sus alrededores, entre ellos hay frutales de papaya, mango, macadamia, limón y naranja, que además, aportan beneficios adicionales a la comunidad.

Otra compañera de Elie, Jeanne Muhimundu, es refugiada ruandesa y recuerda perfectamente cómo el ciclón Idai azotó el campo en marzo de 2019. Vientos fuertes y lluvias torrenciales dañaron las casas, entre ellas, la de la familia de Jeanne y muchas otras se quedaron sin hogar. Jeanne cuenta: “Todos estos desastres hicieron que me diera cuenta de cómo las personas pueden perder sus medios de vida, sus casas; cómo sus vidas pueden cambiar en un minuto. Lo que viví y presencié en el campamento me hizo querer actuar”.
El campo de Tongogara está expuesto ciclones, lluvias torrenciales que provocan el desbordamiento del río Sabi y temperaturas muy elevadas (en verano pueden llegar a los 45°C). De hecho, además del ciclón Idai, en 2021 Charlene y en 2022 Ana también afectaron a la zona, aunque en menor medida que el primero. Tongogara no es el único campo de refugiados vulnerable al clima en la región del sur de África, también lo son otros de Angola, la República Democrática del Congo (RDC), Malawi, Mozambique y Zambia.
ACNUR y sus socios en Tongogara colaboran junto a la población refugiada para hacer del campamento un lugar mucho más verde. Yuhei Honda, de ACNUR en Tongogara cuenta que están intentando promover fuentes alternativas de energía, como el uso de residuos animales o vegetales y tienen la esperanza de que este tipo de alternativas aumenten.
Además, ACNUR ha instalado sistemas solares para alimentar cinco pozos de agua y sustituir a los generadores alimentados por combustible en el campamento. Por otro lado, los jóvenes de la RCCA dedican los primeros viernes de cada mes, a recoger la basura que hay en el campamento equipados adecuadamente para ello, tal y como puede verse en la imagen.

De esta forma se esfuerzan en concienciar a la población refugiada que vive allí sobre la importancia de la acción climática y la preservación del medio ambiente. Es un proceso largo de educación a las personas que viven allí, tanto a las mayores que son más reacias al cambio, como a los niños y niñas que tienen el futuro por delante.
“Algunos de los daños causados a la Tierra son irreversibles. Pero mis esperanzas son que actuemos a tiempo para detener el cambio climático o reducir sus efectos, y apoyar y proteger a la próxima generación. No creo que estemos perdidos todavía”.
Elie Tshikuna, activista climático.