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La pobreza infantil no solo tiene que ver con la ausencia de recursos básicos para el crecimiento y el desarrollo de los menores de edad en el mundo. Es también terreno abonado para otros problemas derivados, como el reclutamiento forzoso de niños en los conflictos armados.

Los países con más desigualdad o aquellos en los que el Estado es incapaz de garantizar la prestación de servicios básicos son más propensos a sufrir esta práctica. Al no existir políticas educativas sólidas ni programas de protección, las opciones de supervivencia de los niños y los jóvenes que crecen en estos contextos se limitan considerablemente.

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Su futuro es toda una incógnita.

Las guerras se nutren de esta situación. En su afán por el control político y territorial, los bandos en conflicto aprovechan la vulnerabilidad de los menores para vincularlos a sus organizaciones armadas. La gran mayoría de ellos son víctimas del reclutamiento forzoso. Otros lo ven como su única opción de supervivencia y de futuro.

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Ruptura del tejido social

La relación entre pobreza y reclutamiento forzoso se aprecia con claridad en Medio San Juan, al noroeste de Colombia, una región que ha sido azotada durante décadas por los enfrentamientos entre distintos actores del conflicto.

Epicentro de la cultura indígena Wounaan, sus habitantes han sido testigos del lento deterioro del tejido social de su comunidad, causado sobre todo por las crisis alimentarias y la ausencia de programas educativos y de empleo por parte del Estado.

Los grupos armados han aprovechado este marco para reclutar adolescentes y niños en sus filas. Muchos se han ido obligados, pero otros, sobre todo los adolescentes, lo hacen ante las escasas perspectivas de futuro en su entorno.

“Muchos jóvenes se están yendo a las filas de los grupos armados y eso nos preocupa mucho”, señala Lincer, una de las docentes de la comunidad Wounaan. “Al quitarnos a nuestra juventud, nos rompen el vínculo que tenemos como pueblo”.

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Las niñas y las adolescentes, doblemente vulnerables

Además de Colombia, donde se calcula que entre los años 1998 y 2015 se han rescatado 5.700 menores de las filas de los grupos armados, otros 20 países registran cifras de reclutamiento forzoso de menores. Se habla de 300.000 víctimas de esta situación en todo el mundo.

Países como Sudán del Sur, República Centroafricana, Somalia, Yemen y la República Democrática del Congo, algunos de los cuales registran las cifras de desigualdad y de niños pobres más elevadas del planeta, son los principales focos de esta práctica.

Por su condición de mujeres, las niñas y las adolescentes son doblemente vulnerables en estos contextos. Cuando las reclutan, además de ejercer labores de mensajería y trabajos forzosos, muchas se convierten en esclavas sexuales y otras son obligadas a contraer matrimonio infantil con los combatientes.

Un alto porcentaje de las niñas violadas quedan embarazadas. Se convierten en madres sin que hayan hecho su tránsito a la adolescencia. Cuando no las obligan a abortar, deben dar a luz en condiciones precarias.

En otros casos son víctimas de enfermedades de transmisión sexual como el VIH, y no pueden recibir la asistencia médica correspondiente. La violencia de género y la discriminación las obliga a permanecer bajo el dominio de estas organizaciones armadas de forma indefinida.