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Cuatro mujeres refugiadas y feministas que luchan por la educación

mujeres feministas

Tiempo estimado de lectura: 3 minutos.

El acceso a una educación universal de calidad es uno de los grandes objetivos de desarrollo sostenible que se marcó la ONU para 2030. Estas refugiadas son, además, mujeres feministas que luchan para que las niñas y niños refugiados puedan disfrutar de ese derecho básico.

Malala Yousafzai

En 2009, con tan solo 11 años, la joven paquistaní Malala Yousafzai abrió un blog para la emisora británica BBC. En él contaba su día a día en su pueblo, Mingora, situado en una zona del país bajo el control de los talibanes.

Malala denunciaba, de forma anónima, la prohibición de asistir a la escuela para las niñas impuesta por los insurgentes. Poco a poco, se fue convirtiendo en un personaje reconocido en la región. En 2012 sufrió un atentado del que logró escapar con vida por muy poco.

Tras recuperarse en el Reino Unido, Malala siguió ejerciendo una defensa activa del derecho a la educación de todas las niñas del mundo. En reconocimiento, fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 2014.

Omaima

Omaima es hoy una adolescente de 17 años que ha crecido marcada por la tragedia de la Guerra de Siria. Desde que tenía 11 años, Omaima comenzó a luchar por el derecho a la educación de las niñas y contra el matrimonio forzado desde el campo de refugiados de Zaatari, Jordania.

«Cuando veo a las chicas jóvenes en el campo de Zaatari, casándose aún por debajo de la edad legal, me asusta», declara Omaima. «Las chicas de mi país han perdido su futuro o está destruido. Es algo que no puedo aceptar».

En la escuela local del campo, Omaima habla ante un grupo de niñas como si estuviera dando una conferencia en el aula magna de una universidad. Omaima enseña dibujo e interpretación a sus compañeras y trata de concienciarlas contra el matrimonio precoz en unos talleres que se han vuelto enormemente populares en el campo y que dan esperanzas a unas niñas que han crecido en las condiciones más adversas.

Racheal

Racheal es una de tantos cientos de miles de desplazados sursudaneses que fueron expulsados de su hogar por la guerra. En su caso, de Twic East. Sin embargo, ella optó por un camino muy especial cuando llegó al campo de Mingkaman.

A sus 20 años, Racheal decidió convertirse en profesora de otros desplazados internos como ellos. En la nueva escuela construida en Mingkaman empezó lo que se acabaría convirtiendo en su vocación.

«No hay tantos hombres dando clases. Las mujeres tenemos la ventaja de que somos más cariñosas, no tan duras como los hombres», declara Racheal. «Después de cierta edad, muchos padres ven a las niñas solo como personas para hacer tareas domésticas. Después, para casarlas y conseguir beneficios económicos. Es una pena», declara esta joven desplazada que ha decidido dedicar sus energías para cambiar esa situación.

Alinesa

Para muchas niñas rohingya, el desplazamiento al que se vieron sometidas el año pasado no supuso el inicio de sus problemas. La pobreza, la violencia y la falta de acceso a la educación habían estado presentes en las vidas de muchas de ellas desde que nacieron.

Alinesa fue por primera vez a la escuela cuando tenía 11 años, pero logró recuperar rápidamente el tiempo perdido. Ahora, con 32, se ha convertido en profesora y activista a favor de la educación de las niñas refugiadas.

«Estaba feliz de poder enseñar a las niñas», relata Alinesa, recordando su primera experiencia como profesora voluntaria en el campo de Cox’s Bazar. «Eran de nuestras comunidades y no tuvieron la opción de ir al colegio. Sentí una gran responsabilidad a la hora de enseñarles. Quería ayudar». Gracias al trabajo de Alinesa, cientos de niñas rohingya han logrado tener por fin acceso a la educación en los campos de refugiados.

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