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El tifón Haiyán deja a la deriva a una comunidad pesquera

Casas derruidas por el tifón de Haiyán en Filipinas
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03/12/2013

A medida que se comienza a despejar la creciente montaña de escombros, los hermanos temen lo que pueden encontrar sepultado. “Por el olor puedes intuir que todavía hay cuerpos sepultados bajo todo esto”, dice Rodolfo Saballa, sentado sobre un montón de escombros, mientras mira un velero encallado. “Sólo estamos esperando las noticias”.

A sus 54 años, Rodolfo es el mayor de cinco hermanos que se criaron en el distrito 61 de Tacloban, una comunidad pesquera situada sobre pilotes a lo largo de la costa. La noche antes del 8 de noviembre, cuando el tifón golpeó la zona, su familia buscó refugio en la casa de su hermano Wilfredo, pensando que aquella estructura de hormigón sería más segura. Pero la casa se derrumbó por la fuerza de la tormenta y sepultó al instante a siete personas. Cinco siguen desaparecidas, entre ellas varios niños y el propio Wilfredo, un veterano policía que se iba a jubilar pronto.

“Estábamos muy acostumbrados a los tifones, confiábamos en que no nos pasaría nada. Nuestro padre nunca abandonaba su casa antes de las tormentas, solamente reforzaba los postes”, dice Felix, de 48 años. “Aprended de esto, no seáis tan testarudos como nosotros”.

Como consecuencia, los miembros de la familia que sobrevivieron decidieron no trasladarse al centro de evacuación cercano de Astrodome porque “estaba saturado y sucio”. Ahora viven en chozas improvisadas cerca del agua. Su casa es una lona sujeta a algunos postes. El agua se filtra cuando llueve y los mosquitos son algo habitual.

“Decidimos quedarnos aquí para poder ir rápido a identificar cuerpos a medida que van encontrando otros nuevos”, dice Rodolfo. Aparte de la tarea que tienen ahora de identificar a los muertos, los hermanos no saben qué harán después. Dos de ellos son vendedores de pescado y dicen que el negocio está paralizado porque el muelle para los barcos quedó destruido.

Nadie está saliendo a pescar. Nadie comprará pescado. Hay cadáveres por todas partes”, dice Francisco, de 51 años. “Todo está en un limbo, no sabemos cómo saldremos de esta tragedia, cómo comenzaremos de nuevo nuestras vidas”.

Sus vidas pueden complicarse porque hay informes que indican que el gobierno ha establecido “zonas de no construcción” a lo largo de las costas del país con el fin de mitigar futuros riesgos por tifones y tormentas. Los detalles de este plan y sus implicaciones para gente como los Saballas todavía no están claros.

Como agencia corresponsable del liderazgo del grupo de trabajo sobre protección que da respuesta a este desastre natural, ACNUR está monitoreando asuntos como éste con sus socios para garantizar la seguridad y el acceso a medios de subsistencia para las personas afectadas por la reubicación.

Rodolfo no sabe qué le depara el futuro pero está seguro de una cosa: “Nuestra vida está aquí. No tenemos más opción que quedarnos y reconstruir”.

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