Evan Atar, un doctor en primera línea de batalla Evan Atar, un doctor en primera línea de batalla

Evan Atar, un doctor en primera línea de batalla

21 de septiembre, 2018

Tiempo de lectura: 3 minutos

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La falta de medios para poder operar en medio del conflicto no ha podido parar los pies al Doctor Evan Atar. Este cirujano y su capacidad para aprovechar los escasos medios a su alcance han salvado miles de vidas y le han convertido en ganador del Premio Nansen 2018.

Un hospital creado de la nada en primera línea de batalla

Nacido en una pequeña ciudad de Sudán, el Doctor Atar empezó como practicante médico en Egipto hasta que en 1997 estalló la guerra en el Nilo Azul y decidió volver como voluntario a su tierra natal para ayudar a quienes necesitaban ayuda médica desesperadamente.

En la pequeña ciudad de Kurmuk, en la frontera con Etiopía, construyó un hospital desde cero, mientras trabajaba en primera línea de conflicto, a menudo sometida a bombardeos aéreos. Durante esos años, el Doctor Atar aprendió a improvisar, utilizando los pocos materiales que tenía para detener el sangrado, amputar y salvar vidas.

Doctor Evans Premio Nansen 2018

Un equipo médico y medicinas en un tractor por la carretera

En 2011, Sudán del Sur se convirtió en el país más joven del mundo y la lucha se trasladó a la nueva frontera. A medida que avanzaba, decenas de miles de refugiados huyeron hacia allí y Kurmuk, la pequeña ciudad en la que había construido el hospital, se vio envuelta en la batalla.

Junto a lugareños y pacientes, el Doctor Atar huyó llevándose lo más importante: empacó el equipo y los medicamentos en un tractor y cuatro coches, en una carrera contrarreloj. El viaje, que debería haber durado dos días, se convirtió en un mes por carreteras traicioneras en plena estación de lluvias, hasta llegar a la pequeña ciudad de Bunj en Sudán del Sur.

De tablas apiladas a mesa de operaciones

Cuando llegó a Bunj, lo único que había era un centro de salud abandonado y sin quirófano, donde el Doctor Atar tuvo que apilar varias tablas para crear una mesa de operaciones.

Desde entonces, trabaja incansable consiguiendo fondos de organizaciones humanitarias en una zona con muy pocos médicos cualificados, y ha enseñado a muchos jóvenes el oficio de enfermeros y matronas.

Sin anestesia general a su alcance, los médicos trabajaban con epidurales e inyecciones de ketamina para adormecer el dolor. La única máquina de rayos X está rota, el quirófano iluminado por una sola luz y la electricidad viene de generadores descompuestos por el paso del tiempo. Pero a pesar de todos los desafíos, es el único hospital del Alto Nilo, siempre desbordado de pacientes, con salas que se extienden al aire libre.

Allí, el Doctor Atar puede estar 48 horas trabajando sin parar, de guardia a todas horas y trayendo al mundo hasta siete bebés por cesárea cada semana, a costa de un enorme sacrificio personal.

Lejos de su familia, que vive en la ciudad de Nairobi, en Kenia, el doctor se aloja en una tienda de lona cerca del hospital e intenta visitar a sus seres queridos tres veces al año en los únicos descansos de su agotador trabajo como médico.

hospital en África

“Aquí tratamos a todos, independientemente de quienes sean”

A pesar de la falta de medios, el Doctor Atar siempre atiende a quienes lo necesitan, sin importar su país de origen, algo que le ha hecho ganarse el respeto de refugiados y locales. "Aquí tratamos a todos, independientemente de quienes sean. Soy muy feliz cuando me doy cuenta de que he salvado a alguien del sufrimiento o le ha salvado la vida", dice.

Los brotes de violencia en los últimos años han hecho del condado de Maban un lugar inestable para su trabajo diario. Pero a pesar de los ataques a oficinas y recintos de organizaciones internacionales, incluido el de ACNUR, el Doctor Atar decidió seguir trabajando en el hospital mientras los miembros de su equipo médico se vieron obligados a abandonar.

Su solidaridad y valentía, han convertido al Doctor Atar a un auténtico héroe para los refugiados, asistiendo a más de 200.000 personas en estos años, entre quienes hubo 144.000 refugiados. Por su compromiso y sacrificio, ACNUR otorga el Premio Nansen 2018 a su labor.

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