Se estima que 5,8 millones de niñas y niños refugiados, es decir, el 44 % de los 13,1 millones de menores refugiados en edad escolar que hay en el mundo, no estuvieron matriculados en la escuela en 2025. Esta es una de las principales conclusiones del Informe Anual sobre Educación de las Personas Refugiadas 2026 de ACNUR.
Aunque en la última década se han logrado avances significativos para garantizar el acceso a la educación de las personas refugiadas, ACNUR advierte de que los recortes en la financiación de la ayuda humanitaria y al desarrollo están poniendo en riesgo estos progresos. La reducción de fondos podría dejar sin escolarizar a millones de niños y niñas más, comprometiendo su derecho a la educación y sus oportunidades de futuro.
Barham Salih, el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados afirma: “Al recordar mis propios años como refugiado, comprendí exactamente lo que significaba. La educación me brindó oportunidades que, de otro modo, el desplazamiento podría haberme negado. Me ayudó a reconstruir mi vida y a forjar mi propio futuro”.
Tal y como advierte Salih la educación es protección pero también es una vía hacia las oportunidades y la autosuficiencia. Por eso, "en un momento de enorme presión sobre la financiación humanitaria y para el desarrollo, los recortes en educación amenazan con retroceder décadas de inversión colectiva y cerrar oportunidades a toda una generación de jóvenes”, advierte.
El paso a la educación secundaria sigue siendo uno de los principales retos para los estudiantes refugiados. Mientras que el 65 % de las niñas y los niños refugiados en edad de cursar primaria estaban matriculados en la escuela en esta etapa en 2025, solo el 32 % lo estaba en educación secundaria.
Para las niñas refugiadas, el paso a la educación secundaria se encuentra en una situación especialmente crítica. Aunque niñas y niños asisten a la educación primaria en proporciones similares, la brecha se amplía considerablemente en secundaria, ya que la pobreza, los riesgos de protección, el matrimonio precoz y otras presiones empujan a que un número cada vez mayor de adolescentes abandone la escuela.

“Un niño que hoy tiene la oportunidad de aprender estará mañana mejor preparado para contribuir a la sociedad y valerse por sí mismo, tanto si finalmente regresa a su país como si construye su futuro en el país que le ha dado refugio o busca oportunidades en otro lugar. Nuestra responsabilidad es asegurarnos de que tenga esa oportunidad”.
Barham Salih, Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados.
En contraste con las dificultades que persisten en otros niveles educativos, los avances en la educación superior demuestran el impacto que puede tener una inversión sostenida. En 2025, la tasa de matriculación de personas refugiadas en estudios superiores alcanzó un máximo histórico del 11 %, frente al 9 % registrado el año anterior. Por primera vez, más de 450.000 personas refugiadas cursaban estudios superiores, la cifra más alta jamás documentada.
Este progreso acerca a ACNUR y a sus socios a la meta de lograr que el 15 % de la población refugiada acceda a la educación superior antes de 2030. Para ello, continúan impulsando iniciativas como la ampliación de plazas universitarias, la formación profesional, las oportunidades de aprendizaje en línea, los programas de becas y las vías de acceso a la educación en terceros países.
La educación superior puede ser especialmente transformadora para las mujeres y niñas refugiadas, ya que les permite adquirir competencias, obtener titulaciones y acceder a mejores oportunidades laborales, favoreciendo así una mayor autonomía económica. Sin embargo, las desigualdades siguen siendo profundas. En más del 80 % de los países que aportaron datos, la tasa de matriculación de personas refugiadas en educación superior permaneció por debajo de la media nacional. La brecha es aún más pronunciada en los países de renta baja y afectados por conflictos, donde solo el 2 % de las personas refugiadas accedía a estudios superiores, frente al 13 % de la población local.
La creciente reducción de la financiación amenaza con dejar a millones de niños y niñas más fuera de las aulas y hacer retroceder años de avances en el acceso a la educación de las personas refugiadas.
Garantizar la educación de la población refugiada requiere también fortalecer los sistemas educativos nacionales de los países de acogida, que deben responder tanto a las necesidades de las personas refugiadas como de las comunidades locales. A medida que aumenta el número de niñas y niños refugiados que comparten las aulas con sus compañeros de las comunidades de acogida, es fundamental contar con suficientes docentes, infraestructuras adecuadas, materiales educativos y recursos financieros que permitan una inclusión efectiva y de calidad.
Ante esta situación, ACNUR hace un llamamiento a la comunidad internacional y a los socios para el desarrollo para que protejan la financiación destinada a la educación y refuercen su apoyo a los sistemas educativos de los países que acogen a personas refugiadas. Solo mediante una inversión sostenida será posible preservar los avances logrados y garantizar el derecho a la educación de millones de niños, niñas y jóvenes desplazados por la fuerza. Tal y como dice Salih: “Nuestra ambición debe ir más allá de mantener a las niñas y los niños en las aulas. El desplazamiento no debería determinar los límites de la vida de un niño”.
La educación para las personas refugiadas es una inversión vital no solo para su futuro individual, sino también para el de las sociedades que los acogen. Invertir en educación no puede ser un lujo ni una decisión opcional.
Desde ACNUR, se trabaja en tres objetivos estratégicos para la Educación de las Personas Refugiadas 2030 que son los siguientes:
Garantizar que las personas refugiadas y desplazadas puedan aprender es vital para su futuro y para el nuestro. Asegurar su derecho a la educación es una promesa que el mundo no puede permitirse romper.