Martha Chuol Badeng posa con serenidad en Bentiu, Sudán del Sur. Su imagen encierra una historia de pérdida, adaptación y resistencia, marcada por uno de los mayores desafíos humanitarios actuales: el desplazamiento agravado por el cambio climático.
Ella es una de las millones de personas desplazadas internamente en Sudán del Sur. Hace cinco años, las inundaciones la obligaron a abandonar su hogar en la aldea de Thaarwangyiela, en el condado de Budang Payam-Rubkona y ahora vive en un campo de desplazados internos. “Antes de las inundaciones, contábamos con recursos; nos dedicábamos a la agricultura, teníamos grandes extensiones de sorgo y maíz, y ganado que producía mucha leche”, recuerda. Pero todo cambió. “Las inundaciones interrumpieron todos nuestros medios de subsistencia, incluyendo la agricultura y el ganado”.
Su historia es reflejo de una crisis más amplia. Sudán del Sur atraviesa su quinto año consecutivo de graves inundaciones, con zonas enteras aún sumergidas. Estas lluvias han afectado a decenas de miles de personas, destruyendo cultivos, causando muertes y provocando nuevos desplazamientos. A ello se suma la persistente inestabilidad interna, que ha forzado a miles a huir de sus hogares, mientras el país acoge también a unos 500.000 refugiados de países vecinos como Sudán, que lleva tres años sufriendo una guerra.

Sin tierras cultivables ni ganado, Martha y muchas otras personas se han visto obligadas a reinventarse. “La mayoría dependemos ahora de la pesca porque ya no tenemos tierras para cultivar”, explica. Así comenzó su nueva vida como pescadora y procesadora de pescado, en un contexto donde cada oportunidad cuenta.
Su trabajo diario es exigente: compra pescado a pescadores o vendedores ambulantes de la costa, lo limpia y lo ahúma utilizando una estufa y leña. “Después de ahumar y secar el pescado, lo llevamos al mercado para venderlo. Con los ingresos… pagamos la matrícula escolar de nuestros hijos”, cuenta. Lo que no se vende se seca al sol para conservarlo y garantizar alimento o ingresos futuros.
Martha no trabaja sola. Forma parte de un grupo que compra, seca y vende pescado. Este grupo de mujeres decidió unirse para fortalecer su negocio y apoyarse mutuamente. “Decidimos trabajar juntas en grupo para que nuestro negocio crezca más rápido. Si alguien se enferma o tiene algún otro problema que le impida trabajar, las demás pueden seguir trabajando; esa es la ventaja de trabajar en grupo”, explica. Esta red de apoyo ha sido clave para su resiliencia.

“La mayoría dependemos ahora de la pesca porque ya no tenemos tierras para cultivar, ya que la mayor parte del terreno sigue sumergido."
El acompañamiento de ACNUR también ha marcado una diferencia decisiva. Gracias a su apoyo, el grupo pudo construir un espacio de almacenamiento que les permite proteger y conservar el pescado, especialmente durante la estación de lluvias. “Antes, ahumábamos el pescado al aire libre, bajo el sol, sin sombra… fue realmente difícil”, recuerda. Con los recursos recibidos pudieron comprar malla metálica, lonas para dar sombra y un almacén para guardar el pescado durante la temporada de lluvias.
A pesar de estos avances, las necesidades siguen siendo enormes. La respuesta humanitaria en Sudán del Sur enfrenta una grave falta de financiación, con solo un 16% de los fondos necesarios cubiertos. Esto pone en riesgo programas esenciales que permiten a personas como Martha reconstruir sus vidas. Y es que ACNUR no solo proporciona refugio de emergencia y artículos básicos para las personas que lo han perdido todo, sino que también trabaja para mejorar las defensas contra inundaciones, distribuir semillas y materiales para el cultivo y ayudar a las personas a ganarse la vida.
Hoy, entre el humo del pescado y el bullicio del mercado, Martha representa mucho más que su historia personal. Es un ejemplo de adaptación frente a la adversidad, y un recordatorio de la urgencia de apoyar a quienes lo han perdido todo, pero siguen adelante con dignidad y determinación.
“Con la ayuda económica de ACNUR, construimos un refugio que nos permite almacenar el pescado ahumado durante la temporada de lluvias. Antes, ahumábamos el pescado al aire libre, bajo el sol, sin sombra, porque no teníamos una estufa adecuada ni malla metálica.”