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La vacuna de la fiebre amarilla: historia y aplicación

Mujer usando una mosquitera

Tiempo estimado de lectura: 3 minutos.

La fiebre amarilla es una enfermedad de origen vírico que se transmite a los seres humanos a través de la picadura de un mosquito infectado. Debe su nombre a la coloración amarillenta que adquiere la piel de las personas que se contagian.

Esta enfermedad afecta mayormente a países tropicales y no existe un tratamiento antivírico concreto para detener el virus, por lo que la estrategia más adecuada de prevención se basa en dos pilares: el control de mosquitos y las campañas de vacunación.

Esto último constituye una de las prioridades de ACNUR en aquellos países con emergencias humanitarias y crisis de refugiados de África, América Central y Sudamérica. Actualmente son 47 los países en los que la fiebre amarilla es una enfermedad endémica, por lo que se hace necesario seguir tomando conciencia con respecto a la importancia fundamental de la vacuna.

En regiones donde la población no está inmunizada, los insecticidas, las mosquiteras, los repelentes y una ropa que evite el contacto con los mosquitos se vuelven materiales indispensables. Pero la vacuna contra la fiebre amarilla continúa siendo la mejor protección para detener la propagación de la enfermedad.

La aplicación de la vacuna

La vacuna contra la fiebre amarilla disponible en España es el Stamaril, que está compuesta por una serie de virus vivos debilitados y preparados especialmente para generar una protección adecuada frente a la enfermedad. Se recomienda su aplicación en aquellas personas de entre 9 meses y 60 años de edad que estén por viajar a las zonas más afectadas por la enfermedad. Y con un lapso de por lo menos 10 días antes de llegar al destino en cuestión.

Una vez aplicada, se entrega un certificado oficial de vacunación que es de por vida y conviene llevarlo en caso de que lo pidan antes de entrar a algunos países. Por ejemplo, Tailandia obliga a estar vacunados a aquellos turistas que procedan de países donde la fiebre amarilla es una enfermedad endémica.

La administración de la vacuna es por inyección subcutánea o intramuscular y se puede aplicar de manera simultánea con cualquier otra vacuna, con excepción de la triple vírica para la cual debe esperarse un mínimo de cuatro semanas para evitar el riesgo de que se interfieran entre ellas. Y con solo una dosis es necesaria, sin necesidad de refuerzos.

Una vacuna histórica

En el año 1938, la Organización Mundial de la Salud incluyó en su lista oficial de medicamentos permitidos a la vacuna contra la fiebre amarilla. Esto llegó después de varios intentos científicos de crear una medida drástica de prevención contra esta enfermedad.

Tras la apertura del Canal de Panamá en 1912, aumentó la exposición global a la enfermedad y empezaron las primeras pruebas. La sede ecuatoriana de la Fundación Rockefeller contrató al bacteriólogo japonés Hideyo Noguchi para que dirigiera las investigaciones y consiguiera una vacuna tras la hipótesis de que la fiebre amarilla era causada por una bacteria leptospira. Pero al tratar de duplicar los resultados en otras pruebas, la vacuna de Noguchi no produjo el efecto esperado y fue abandonada.

Años más tarde, se sintetizó una cepa del virus en el Instituto Pasteur a raíz de una persona infectada en Dakar que, al aplicarle la vacuna, consiguió sobrevivir a la enfermedad. Pero sus posteriores aplicaciones tuvieron complicaciones en otros pacientes y se abandonó.

La vacuna definitiva contra la fiebre amarilla y que es la que actualmente se sigue utilizando llegó en 1937, gracias al científico Max Theiler y su trabajo para Fundación Rockefeller, quien recuperando una investigación previa de la cepa «Asibi» comprobó una mutación en el virus atenuado para crear una nueva cepa muy eficaz denominada 17D. Las pruebas de campo de esta nueva cepa se realizaron en Brasil en el año 1939 y con total éxito: más de un millón de personas fueron vacunadas y sin complicaciones graves. A raíz de su trabajo con la vacuna contra la fiebre amarilla, Theiler recibió el Premio Nobel Medicina de 1951.

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