Tres años de guerra en Sudán: sobrevivir, huir y sanar en el exilio Tres años de guerra en Sudán: sobrevivir, huir y sanar en el exilio

Tres años de guerra en Sudán: sobrevivir, huir y sanar en el exilio

14 de abril, 2026

Tiempo de lectura: 5 minutos

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El 15 de abril se cumplen tres años desde el estallido del conflicto entre las Fuerzas Armadas Sudanesas (FAS) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR). Desde entonces, Sudán sigue sufriendo una de las crisis de desplazamiento y protección más grandes y devastadoras del mundo. Más de 9,1 millones de personas se encuentran desplazadas internamente —6,8 millones de ellas desde abril de 2023—, mientras que otros 4,4 millones han huido a países vecinos.

En total, casi 14 millones de sudaneses, es decir, una de cada cuatro personas, se encuentran desplazados forzosamente. Para muchas personas, el desplazamiento se ha convertido en un ciclo repetitivo y agotador: huir hacia una relativa seguridad solo para verse forzadas a huir de nuevo. Al mismo tiempo, Sudán continúa acogiendo a más de 862.000 refugiados y solicitantes de asilo, más de la mitad de ellos se encuentran en el estado del Nilo Blanco.

¿Cómo es la situación actual en Sudán?

La violencia persiste en gran parte de Darfur, Kordofán y el estado del Nilo Azul. En las últimas semanas, el aumento del uso de bombardeos aéreos y drones ha obligado a más personas a huir.

Por otro lado, las violaciones de los derechos humanos continúan sin cesar, incluyendo la violencia sexual relacionada con el conflicto, el reclutamiento forzoso, las detenciones arbitrarias, las masacres y otros abusos graves. Y como en todos los conflictos, la población civil es la que más sufre. Y en Sudán sigue expuesta a un riesgo extremo, con frecuentes informes de acoso, violencia y secuestros mientras intentan ponerse a salvo. Las mujeres y las niñas son especialmente vulnerables y se enfrentan a riesgos elevados de violencia, explotación y abuso sexual.

El colapso de los sistemas de salud, las fuerzas del orden y los mecanismos de justicia ha creado un clima de impunidad generalizada. Además, millones de niños y niñas han pasado ya tres años de su infancia desplazados, con profundas y duraderas consecuencias para su bienestar y desarrollo. La mayoría ha tenido poco o ningún acceso a la educación.

Campo de desplazados internos en Tawila, Sudán. Foto: © ACNUR/Mohammed Jalal.

Los países vecinos, al límite

Los países vecinos que acogen a la mayoría de los refugiados sudaneses —en particular Chad, Egipto y Sudán del Sur— están al borde del colapso.

Sudán del Sur lucha por brindar apoyo a los refugiados sudaneses y a casi un millón de sursudaneses que han llegado desde abril de 2023 en medio de su propia crisis creciente.

La situación de seguridad a lo largo de la frontera entre Chad y Sudán —en particular en los alrededores de Tiné, en la provincia de Wadi Fira— sigue siendo muy inestable. El Gobierno de Chad ha reforzado su presencia militar y mantenido el cierre total de la frontera, aunque preserva un corredor humanitario. A pesar del cierre de los 1.300 kilómetros de frontera, la llegada de refugiados a Chad ha continuado, aunque a un ritmo significativamente menor. Desde abril de 2023, más de 919.100 personas refugiadas sudanesas han llegado a Chad, acogidas en 37 aldeas, incluidas más de 35.500 personas que llegaron tras el ataque de octubre de 2025 contra El‑Fasher

También hay un número creciente de sudaneses que emprenden el peligroso viaje a través de Libia hacia Europa. Más de 14.000 sudaneses llegaron a Europa entre 2024 y 2025, lo que representa un aumento del 232% desde el inicio del conflicto. Estos movimientos no responden a decisiones voluntarias, sino a la falta de perspectivas de paz y a las necesidades insatisfechas en Sudán y más allá de sus fronteras.

Paralelamente, muchas personas sudanesas desplazadas están regresando a zonas donde los combates han disminuido considerablemente. Alrededor del 80% de los que regresan son desplazados internos, junto con 890.000 refugiados que vuelven de países vecinos.

Es importante tener en cuenta que, aunque estas personas que regresan lo hacen a zonas donde los combates son limitados, la infraestructura, los servicios básicos y la economía han quedado prácticamente destruidos. Por eso, apoyar a los retornados es fundamental para estabilizar estas zonas y reducir el riesgo de nuevos desplazamientos.

Sanar en trauma: la historia de Nidal

Ella es Nidal Shamsaldin, una psicóloga sudanesa que tuvo que huir de la guerra en su país y ahora vive en el campo de refugiados de Farchana, en Chad. Allí ayuda a otras personas refugiadas como ella a recuperarse de sus traumas.

Foto: © ACNUR/Ala Kheir.

Nidal cuenta como, en su país, reunían a las mujeres en un grupo y a los hombres en otro. Después, los ejecutaban. Cuenta que se ha encontrado situaciones peores que la que ella vivió. Después de los efectos de todas las dificultades por las que han pasado, es imposible que pase un día sin recordar ese trauma. Por eso ella ofrece información y orientación y visita a las personas enfermas que no pueden moverse. “El trabajo que hago me ayuda mucho, me permitió superar la crisis”, afirma Nidal.

La psicóloga anhela el momento de ver a sus seres queridos sanos y salvos y asegura que su pueblo es fuerte: “Espero que otros países intervengan para detener esta guerra, porque estamos agotados. El pueblo refugiado sudanés es fuerte. No hemos abandonado nuestras tradiciones, la reconocida generosidad sudanesa, ni ninguna de nuestras nobles cualidades.”

Tres años después del inicio del conflicto y a pesar de que Sudán es la mayor crisis de desplazamiento del mundo, la respuesta humanitaria sigue viéndose profundamente limitada por una alarmante escasez de fondos a nivel mundial. Hasta ahora, las agencias humanitarias, incluido ACNUR, han recibido únicamente el 16 % de los 2.800 millones de dólares necesarios para responder dentro de Sudán, y apenas el 8 % de los 1.600 millones de dólares requeridos para la respuesta regional a la crisis de refugiados.

Sin un renovado y sostenido apoyo internacional, el sufrimiento y los riesgos para millones de personas desplazadas continuarán agravándose, con consecuencias cada vez más desestabilizadoras para toda la región. El coste humano, social y económico de la inacción seguirá aumentando, un precio que ni Sudán ni la comunidad internacional pueden permitirse.

Es urgente avanzar hacia la paz o, como mínimo, garantizar una respuesta humanitaria y de desarrollo adecuadamente financiada que permita a la población sudanesa vivir con dignidad y seguridad, allí donde se encuentre.

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