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Volver a Empezar es el primer podcast del Comité Español de ACNUR, conducido y presentado por Molo Cebrián, creador de Entiende Tu Mente o Saliendo Del Círculo.
En esta nueva temporada de Volver a Empezar hablamos con mujeres que se han visto desplazadas por la fuerza, pero que no se dejan definir por estas circunstancias. Son mujeres incansables, que día a día superan la adversidad y la desigualdad y que además luchan por aquello en lo que creen: una vida digna para todas, para poder vivir en paz. Casi 60 millones de mujeres y niñas están desplazadas en todo el mundo, a ellas les dedicamos la novena temporada del Podcast del Comité español de ACNUR.
En la Temporada 8 de "Volver a empezar", el podcast del Comité español de ACNUR, nos preguntamos: ¿Puede el deporte convertirse en refugio? Para responder a esta pregunta hemos hablado con varias personas refugiadas que han tenido que huir de sus hogares, dejar su país y comenzar de cero en España. Personas a las que el deporte les ha salvado la vida. ¿Y cómo es posible esto? En muchas ocasiones lo es gracias a organizaciones, fundaciones y asociaciones que apuestan por el deporte como herramienta integradora de las personas refugiadas. Y es que el deporte integra, empodera, une, ayuda y puede convertirse en hogar, especialmente cuando el tuyo ha quedado muy lejos.
¿Te imaginas tener que abandonar tu país y empezar de cero para poder salvar tu vida? El protagonista de esta temporada tuvo que hacerlo: le llamaremos Juan. Por motivos de protección, prefiere no decir su nombre, ni de dónde viene, pero sí puede contarnos cómo ha logrado comenzar una nueva vida en un pequeño pueblo de la llamada España rural, ayudando a combatir el despoblamiento. Allí, donde muchos otros no quieren ir, Juan está construyendo un hogar seguro junto a su familia. Acompáñanos a conocer su historia en la séptima temporada del podcast del Comité español de ACNUR.
El cambio climático ha llegado para quedarse y marcar nuestro presente y nuestro futuro. Pero, ¿qué es exactamente? ¿Qué consecuencias tiene y cómo podemos luchar ante su avance? ¿Cómo afecta a las personas más vulnerables del planeta? En la temporada 6 de "Volver a empezar" resolvemos estas preguntas sobre el cambio climático hablando con expertos en el tema. Te esperamos.
Como no podía ser de otra manera, dedicamos la Temporada 5 de Volver a empezar a Ucrania. Queremos conocer de cerca cómo se vive en un país en guerra, cómo es huir de este conflicto y comenzar de cero en un lugar nuevo. Pero también vamos a mostrar qué labor está realizando Acnur en esta situación y cómo podemos ayudar cada uno de nosotros. Te esperamos.
Esta es la historia de una persona que gracias al boxeo tuvo una segunda oportunidad. No solo ella, sino también toda su familia.
Ella es Sadaf. Mujer, boxeadora, refugiada, valiente y luchadora. Nació en Afganistán, uno de los peores países del mundo para nacer mujer. Si quieres conocer su historia, ¡dale al play! y si te emociona tanto como a nosotros, comparte este podcast.
La tercera temporada de Volver a Empezar tiene nombre propio: Sergio Chekaloff. Una persona que ha pasado 74 años buscando el reconocimiento de una nacionalidad.
Su historia es la de millones de personas en todo el mundo que carecen de derechos políticos, jurídicos y sociales por el hecho de no ser considerados ciudadanos. Son apátridas.
En esta segunda temporada de Volver a Empezar conoceremos a Sergio, Gleici y Cristian. Ellos se vieron obligadas a abandonar sus países y que al llegar a España se toparon con una situación excepcional por la pandemia de COVID-19. A pesar de sus dificultades personales, y aún a riesgo de contagiarse, volvieron a armarse de valor para ayudar a quienes más lo necesitaban.
Befriending es la primera temporada de Volver a Empezar. En ella conoceremos la historia de tres mujeres valientes. Dos de ellas lo dejaron todo atrás en sus países para volver a empezar. Una vez en España, forjaron una amistad que les ha ayudado a salir adelante en el día a día.
La hambruna, la sequía y el conflicto ya han obligado a más de 160.000 somalíes a huir y buscar ayuda en la región en lo que va del año. Muchos de ellos llegan a países vecinos como Yibuti, Etiopía y Kenia en un estado de salud alarmante: agotados, demacrados y con desnutrición severa, principalmente los niños. El doctor Paul Spiegel, que dirige la Sección de Salud Pública y VIH/SIDA de ACNUR, estuvo recientemente en la región de Dollo Ado, en Etiopía, cerca de la frontera con Somalia, para reunirse con los recién llegados. Habló con Cecile Pouilly, de la sección de ACNUR de Recaudación de Fondos en el sector privado y le contó lo que vio allí. Cuéntanos sobre tu última misión en el Cuerno de África Fui al campo de refugiados de Dollo Ado después de recibir los informes sobre los elevados índices de malnutrición. Habíamos enviado un equipo de emergencia de doctores, nutricionistas y especialistas en agua y saneamiento y quería tener una noción más amplia de la situación para ayudar al equipo a diseñar un plan de acción que nos permitiera hacernos con la emergencia y negociar con el gobierno etíope la mejor forma para sacar las cosas adelante. ¿Qué es lo que has visto allí? Teniendo en cuenta todos los factores, se trata de una situación extremadamente complicada por la cantidad de gente que está llegando diariamente. Todos nuestros campamentos están saturados y se están construyendo otros nuevos. Llegan entre 1.500 y 2.000 personas al día. Abrimos un nuevo campo (Kobe) pero ni siquiera tuvimos tiempo de prepararlo adecuadamente con lo que no dispone de suficiente agua, letrinas u otras infraestructuras básicas. Todas las nuevas llegadas se enviaron allí, con lo que Kobe llegó rápidamente a su capacidad máxima. ¿La situación era peor de lo que te esperabas? Aunque los datos que había recibido indicaban una situación realmente crítica, me encontré con un panorama mucho más severo de lo que me había imaginado. Cuando lo vives en persona hay una gran diferencia. ¿En qué estado de salud llegan estas personas? Llegan prácticamente sin nada: apenas algo de ropa a la espalda y unos pocos bidones de agua. Han recorrido un largo camino, algunos caminando durante más de un mes, con lo que acaban exhaustos y demacrados. Desafortunadamente, como consecuencia del gran número de llegadas al mismo tiempo, tanto las autoridades gubernamentales como ACNUR nos vimos sobrepasados en nuestra capacidad para registrarlos a todos. Desde entonces, hemos incrementado nuestros recursos y hemos conseguido reducir el tiempo de espera. También nos hemos asegurado de que la gente, tanto en los centros de recepción como en los de tránsito, recibe comidas calientes. ¿Qué grupos son los más vulnerables a la desnutrición dentro de los campos de refugiados? Los niños, con mucha diferencia, como en la gran mayoría de las emergencias humanitarias. Esto es especialmente crítico para todos aquellos menores de cinco años que apenas han dejado de ser amamantados. ¿Qué asistencia se les proporciona? Distribuimos entre todos los niños menores de cinco años una especie de estofado en el que mezclamos los alimentos con los complementos vitamínicos. También son objetivo prioritario las mujeres embarazadas y en periodo de lactancia, suministrándoles de forma inmediata tratamiento pre natal y post parto, al igual que dicho estofado “vitamínico”. Entre el 40% y el 50% de los niños refugiados en Etiopía y Kenia están gravemente desnutridos. ¿Puedes explicarnos que es la desnutrición severa? La desnutrición severa ocurre cuando un niño no tiene suficiente comida y enferma de forma grave, normalmente debido a enfermedades contagiosas. Al principio, el organismo intenta frenar el proceso tirando de las reservas de grasa y masa muscular. Llegan escuálidos y, debido a que el proceso les absorbe toda su energía, con el sistema inmunológico completamente debilitado, lo que les hace mucho vulnerables a todo tipo de infecciones. Existen diferentes niveles de desnutrición, pero aquellos que padecen desnutrición severa corren un grave riesgo de muerte. ¿Los niños que padecen malnutrición severa pueden recuperarse completamente si reciben tratamiento a tiempo? La mayoría pueden recuperarse si reciben a tiempo el tratamiento adecuado, pero estaríamos hablando únicamente del aspecto físico. También hay otros efectos secundarios psicológicos que son menos conocidos. Médicos sin Fronteras tiene un psicólogo para ayudar a las madres y los niños afectados una vez que mejoran y el niño puede volver a ser amamantado, que es la mejor solución. ¿Qué ocurre una vez que un niño desnutrido ha sido identificado? Cuando las nuevas llegadas son registradas, medimos inmediatamente la circunferencia del brazo para identificar a los niños con desnutrición severa. También organismos trabajo comunitario para buscar a todos aquellos niños que podrían no haber sido registrados. Dependiendo de la gravedad del caso, los trasladamos al hospital de Dollo; si no, se convierten en pacientes externos y pasamos a hacerles el seguimiento en el campo de Kobe. Todos estos niños necesitan algo más que comida. Se les suministra hierro, tratamiento contra lombrices y parásitos y antibióticos. Algunos están tan graves que requieren sonda gastro-nasal. Aquellos que han sido tratados como pacientes externos tienen mayores posibilidades de sobrevivir que aquellos que sufren un estado más grave y avanzado y por los que es realmente complicado luchar para que sobrevivan. Normalmente ¿cuánto tiempo requiere la recuperación? La experiencia nos dice que el proceso es mucho más largo en los niños que en los adultos: normalmente entre 6 y 8 semanas. Esto se debe al horrendo estado en el que están llegando. ¿Es esta situación diferente de otras emergencias que hayas visto? Sí. He estado antes en muchas otras emergencias –de hecho, acabo de volver de la misión para la emergencia en Costa de Marfil- pero no había visto tal magnitud de muerte y desnutrición en muchos, muchos años. También hemos recibido informes de niños muriendo exhaustos una vez que han alcanzado nuestros campos; ¿Esto continúa sucediendo? Mueren como consecuencia de muchos factores que se combinan para empeorar la situación. La semana pasada tuvimos 7 muertes en el centro de registro en un solo día. El problema es que suele ser tarde cuando han llegado. La situación ha mejorado ligeramente, probablemente porque los refugiados están huyendo antes y ya no esperan hasta el último momento. ¿Y en Dadaab, Kenia? La situación allí también es muy grave. La tasa de mortalidad es cuatro veces más alta que el año pasado, aunque la magnitud no es tan grave como en Dollo Ado. La sobre población es realmente el mayor problema en Dadaab, debido a que sus instalaciones están colapsadas de forma estructural. ¿Crees que la situación podría evolucionar rápidamente? Se trata de una situación impredecible, con el conflicto y la hambruna dentro de Somalia. El acceso sigue siendo el factor determinante. Necesitamos ser capaces de distribuir alimentos terapéuticos listos para consumir para los niños desnutridos dentro de Somalia. Seguramente pasará un largo periodo antes de que la situación mejore porque no se nos ha permitido el acceso a algunas zonas de Somalia durante mucho tiempo, con la consiguiente falta de información sobre la situación en esas zonas. Aparte de paliar la desnutrición, ¿cuáles son el resto de necesidades urgentes en los campos de refugiados que has visitado? Todo son necesidades urgentes. Artículos básicos de ayuda, incluyendo refugio, esterillas y utensilios de cocina son esenciales. No hay suficientes letrinas, lo que incrementa el riesgo de diarrea. La falta de agua también es un problema. En Melkadida, uno de los campamentos más antiguos, hay dos centros de tratamiento de agua, que permite que los refugiados reciban unos 15 litros de agua diarios por persona. Pero en otro campamento más antiguo, el de Bokolmanyo, y en el de Kobe, de nueva apertura, no se dispone de estos recursos para el tratamiento del agua, lo que significa que tenemos que transportarla en camiones cisterna. Esto es muy caro y complicado porque las condiciones de las carreteras son realmente malas. Hay continuas interrupciones y la gente no dispone de agua suficiente. ¿Cuáles son las principales prioridades? Nuestro principal reto es trabajar coordinados con los gobiernos de los países de acogida y asegurarnos de que se ponen en marcha los procedimientos y sistemas adecuados. En Dollo Ado, la prioridad es, claramente, centrarse en la atención a Kobe y al campamento de próxima apertura en Holowen. Tenemos que asegurarnos de organizar y coordinar la distribución de agua e instalación de letrinas, así como de garantizar el correcto funcionamiento del sistema de sanidad. ¿Hay alguna historia individual que recuerdes y que ilustre esta situación? Estábamos haciendo nuestro reconocimiento de uno de los campos cuando un hombre que acababa de llegar reventó delante nuestro. Era muy viejo, alto y escuálido. Todos nos agolpamos a su alrededor ayudarle. Lo llevamos al centro de nutrición más cercano. Su mirada me aterrorizó. ¿Crees que las agencias de ayuda humanitaria están respondiendo adecuadamente a esta emergencia? Hasta el momento sí; hay una gran movilización. Pero tan pronto como la atención se centre en el interior de Somalia, los medios perderán su interés en la situación de los refugiados. Será necesario seguir trabajando cuando los medios ya no estén allí y, probablemente, las contribuciones para financiar la ayuda se vengan abajo.
Abdulahi Haji Hassan observa las caras agotadas y confusas de su familia y contempla el precio que la sequía y el hambre se ha cobrado en sus vidas. Su hijo de dos años, Madey, deja caer su cuerpo sobre el pecho de su madre. Fama, la hija de cuatro años de Abdulahi, está cubierta del polvo de los 27 días de camino a través del clamoroso desierto desde su hogar cerca de Baidoa, en el sur de Somalia, hasta la frontera keniana. Sus lágrimas han formado regueros en su cara polvorienta. Haway, su mujer, aprieta los labios cuando piensa que pueden pasar años hasta que vuelva a ver su casa.Pero Abdulahi ha hecho un cálculo del cambio en su vida: “mi casa ya no es más que polvo y hambre” dice, “no puedo volver allí”. Echar a andar para buscar refugio no era una cuestión de elección. El sustento de la familia dependía de los animales. Las 70 cabras y 30 vacas de Abdulahi enfermaron y fueron muriendo una por una a medida que la peor sequía que se recuerda les privaba de agua y comida. El ganado era considerado hasta cierto punto parte de su extensa familia, y su pérdida fue una catástrofe para ellos. Cuando murió la última vaca, todo el mundo supo que los niños serían los siguientes. La madre de Abdulahi le recomendó que abandonara la aldea. “No quiero que tus hijos mueran de hambre”, le dijo. “Ve donde puedas a conseguir ayuda, y yo rezaré para que lleguéis sanos y salvos allí”. La familia Hassan es una de los 1.300 refugiados que llegan cada día desde Somalia a los alrededores de los campos de Dadaab, en el noroeste de Kenia, entre ellos Dagahaley. La capacidad de ACNUR para acomodar a las personas recién llegadas mejora cada día, pero gestionar una ciudad de 400.000 refugiados no es tarea fácil. ACNUR y el gobierno de Kenia han dado grandes pasos, pero se necesitan muchos recursos para proteger a los más vulnerables, ofrecerles cobijo y atender sus necesidades médicas. El viaje Para aquellos que huyen de Somalia el primer -y quizás el más doloroso- paso que dan es el viaje en sí mismo. La familia de Hassan emprendió su viaje con otras siete familias más. Cogieron todo lo que les quedaba en este mundo: un carro tirado por burros hecho con ejes de coches desechados, una bolsa de maíz molido y un recipiente de plástico con agua. Descansaban durante el día y caminaban por la noche. Después de una semana, todos los días eran iguales. “Todas las noches que viajas son iguales. No hay una noche buena ni una mala. Sólo hay noche” dice Abdulahi. “Piensas en la situación de tus hijos, cuál de ellos te preocupa más. Yo estaba preocupado por el más pequeño, claro”. Los niños comían pequeñas cantidades de maíz y agua y los padres ninguna. Cuando no está pensando en sus hijos, los recuerdos de Abdulahi vuelven a su madre. Esta ha sido la primera vez que se ha separado de ella. Era demasiado mayor para sobrevivir al trayecto, incluso viajando sobre el carro tirado por burros. “Me dijo que rezaría por mí. Me dijo que llegaría a salvo a mi destino” dice Abdulahi. Pese a que ella se quedó con otro de sus hermanos, los pensamientos sobre su madre se arremolinan en la mente de Abdulahi Haji Hassan: “¿Le faltará algo para comer? ¿Estará enferma? ¿Morirá antes de que yo pueda regresar a casa de nuevo? No lloré pero estaba muy preocupado”. A medida que se acercaban a la frontera con Kenia, el grupo empezó a encontrarse con asaltantes. Armados con rifles de asalto AK-47 los ladrones registraron cada saco que llevaban. “Cuando no encontraron nada empezaron a golpearnos con la culata de sus rifles” relata Abdulahi. Uno de sus hermanos acabó con dos costillas rotas. La recepción Son las siete de la mañana y los recién llegados se amontonan frente a la entrada del centro de recepción del campo de refugiados de Dagahaley. Una mujer mayor tose quejándose de una enfermedad. Mariam Mohamud, de 30 años, ha dado a luz a una niña durante la noche. La sostiene en sus brazos, envuelta en una tela roja. Los trabajadores sanitarios de Médicos sin Fronteras, contraparte de ACNUR en la zona, hacen un reconocimiento a la madre y al bebé y las llevan a la clínica del centro de acogida. Hassan Abdi normalmente presume de poder mantener su profesionalidad, pero ahora su emoción se puede leer en el rostro del médico. Se acerca a la diminuta niña y la sostiene delicadamente entre sus manos. Después de unos minutos respira aliviado. “Esta niña está bien”, dice. Su madre está agotada y todavía tiene que ponerle nombre a la pequeña. Finalmente se decide por Mariam. Madre e hija son trasladadas en ambulancia en dirección al hospital local, junto a Muhammed Abdulahi, que sufre desnutrición severa. Después de dos años de vida, Abdulahi sólo pesa cinco kilos –un poco más que la mayoría de los bebés recién nacidos-. Mientras tanto, funcionarios del gobierno de Kenia registran a los recién llegados al tiempo que ACNUR y sus socios los asisten ofreciéndoles comida y material no alimentario. Madres, padres e hijos pasan por un control donde se les toman las huellas dactilares e información esencial sobre ellos, que se introduce en una base de datos de un ordenador de ACNUR. El proceso es fundamental para el seguimiento del flujo de solicitantes de asilo y para garantizar que todos los que necesitan ayuda puedan conseguirla. En fila, las familias se sientan juntas en silencio. Es un momento de relativa paz dentro de una existencia marcada por la desesperación. En 90 minutos, ACNUR y sus socios toman los datos de los refugiados, les ofrecen la asistencia médica inicial, les dan comida y otros materiales e identifican a los más vulnerables. “No te engañes con la tranquilidad”, dice Roger Taylor, un oficial de campo de ACNUR en Dagahaley. “La razón por la que hay calma es porque estamos muy bien organizados y porque estos refugiados están exhaustos”. David Owalo Magolo, de 48 años, ha trabajado en los campos de Dadaab desde 1996. Nunca ha sido testigo de una emergencia tan crítica como la que estamos enfrentando ahora. “Las mujeres y los niños han sufrido terriblemente. Cuando emprenden su viaje hacia Kenia a menudo tienen que llevarse a bastantes niños con ellas. Avanzan medio kilómetro con un niño, le dejan en el suelo y vuelven a recoger al siguiente”. Los rostros de los refugiados se han quedado marcados en la mente de David, y cree que es sólo una cuestión de tiempo hasta que aparezcan en sus sueños. Hace un esfuerzo por concentrarse en los otros momentos vividos en esta crisis: aquellos que le provocan un sentimiento de orgullo y esperanza. “El mejor momento del día es cuando ves que alguien ha sido recibido en el sistema”, dice. “Se les da comida y ropa…hemos analizado su estado de salud, tienen comida, materiales no alimentarios como ollas y sartenes para cocinar. Tienen algo con lo que empezar”. Los miembros de la propia comunidad local de refugiados, muchos de los cuales han vivido en los campos de Dadaab durante casi 20 años, también han querido ayudar. “Cuando vimos a los refugiados que llegaban, los miembros más jóvenes y la comunidad dentro de los campos decidieron que ellos tenían que ayudar”, declaró un refugiado de 38 años, Mahat Ahmed. “Le dijimos a la gente, “si tienes dos camisetas, da una. Si tienes dos pares de zapatos, da uno de ellos”. El cómo los refugiados dieron lo poco que tenían se fue extendiendo de boca en boca hasta otras zonas de la diáspora somalí. Pronto, hombres de negocio somalíes y otros, desde Nairobi hasta Norteamérica, comenzaron a contribuir a la causa. Cada día llegan a los campos de refugiados algunos camiones cargados de leche, galletas y ropa, que son distribuidos en bolsas de plástico a las familias. Estos refugiados ven su esfuerzo no como un único acto, sino como una señal para todos los que quieren ayudar. “Es una cuestión de fe”, dice Barre Osman, refugiado de 24 años, que distribuye leche y galletas. “Los corazones humanos están conectados, y nuestros corazones aquí son uno. Todos venimos de Adán y Eva y todos somos hermanos y hermanas”. Por Greg Beals en el campo de refugiados de Dagahaley, Kenia
Su nombre originario, Sophalay De Monteiro, representaba el orgullo de sus ancestros –misioneros portugueses llegados a Camboya en el siglo XVIII-, pero también le ha hecho destacar en su país adoptivo durante estos 35 años. “Abandonar este nombre ha supuesto un precio pequeño que he tenido que pagar para poder obtener por fin la ciudadanía vietnamita” dijo a ACNUR, mostrando ansioso sus nuevos documentos, entre ellos el preciado libro de familia, que regula todas las relaciones entre los ciudadanos y el gobierno de Vietnam. “Esto es muy importante porque significa que podremos tener carnés de identidad” afirmó Phuc, de 50 años. “Podemos hacer muchas cosas. Ahora puedo conseguir un pasaporte y viajar fuera del país”. Pero también supone que puede hacer muchas otras actividades básicas, como comprar una motocicleta. En un país en el que casi todas las familias tienen una moto, miles de antiguos refugiados camboyanos apátridas como Phuc ni siquiera podían comprar legalmente este medio de transporte tan común. Phuc se casó con una mujer vietnamita hace 32 años, poco después de llegar al país. Lo que más le dolió fue ver sufrir a sus dos hijos porque también se convirtieron en apátridas debido a su falta de estatus legal. Durante los últimos años, ACNUR ha trabajado con Vietnam para eliminar los obstáculos burocráticos que han existido durante décadas y que impiden a este pequeño grupo de ex refugiados –los últimos de los cientos de miles que buscaron refugio en Vietnam en los años 70- obtener la ciudadanía. Aunque ha pasado a menudo inadvertido, Vietnam se ha convertido en un pionero en Asia y en el mundo a la hora de poner fin y prevenir la apatridia. La mayoría de los refugiados camboyanos fueron reasentados o volvieron a su país a comienzos de la década de los 90, pero unos pocos miles de personas como Phuc, fueron rechazados por Camboya. Al no poder regresar, se convirtieron en apátridas. “Si hubiéramos obtenido la nacionalidad cuando llegamos a Vietnam habría podido hacer más por mis hijos, ganar más” dice Phuc, mostrando claramente el dolor en su rostro. “Mis hijos deberían haber tenido una vida mejor, pero nuestra familia terminó yendo hacia atrás en lugar de avanzar”. “No me di cuenta de que sus vidas serían tan difíciles al no tener la nacionalidad. Cuando llegamos a Vietnam no tenían nada, y entonces no nos dimos cuenta de que la ciudadanía sería importante si querían disfrutar de los beneficios de la sociedad”. Su hija Sheyla, una estudiante brillante, tuvo que rechazar una beca en Japón. Su hijo, Kostal, recuerda que fue excluido del movimiento juvenil comunista cuando era pequeño, y más tarde incluso vio truncadas sus esperanzas de poder tener un noviazgo. “Finalmente conocí a una chica de la que me enamoré y a sus padres no les importó el asunto de mi carné de identidad, pero no podíamos casarnos legalmente porque yo no tenía un carné de identidad” dice Kostal De Monteiro, de 29 años. Finalmente obtuvo la ciudadanía gracias a su madre vietnamita, así que pudo conservar su nombre originario. Phuc tenía la sensación de que nunca sería completamente aceptado mientras fuera un apátrida, pese a hablar vietnamita con fluidez y haberse integrado en esta comunidad conocida por los turistas por el sofisticado sistema de túneles que el Viet Cong usó para escapar del ejército estadounidense durante la guerra en los años 60 y 70. Estos días la vida es mejor para toda la familia. Phuc, uno de los 2.300 camboyanos que han recibido la ciudadanía en 2010 o que están en vías de hacerlo, era un respetado líder de los refugiados en su comunidad, y todavía hoy sigue asesorando a sus nuevos compatriotas sobre los derechos que les confiere su nuevo estatus. A sus 50 años, ya no tiene muchos planes para su propio futuro, pero sí se alegra por las perspectivas de sus hijos. Su hija espera poder estudiar en Francia ahora que ha obtenido la nacionalidad. Su hijo ha sido ascendido a contable senior, ha logrado un aumento salarial, podrá comprarse una propiedad y está viendo cómo le ofrecen viajes de trabajo al extranjero ahora que puede tener un pasaporte. “Las diferencias se reducen a quién tiene una nacionalidad y quién es un apátrida” dice Phuc. “La gente que siempre ha tenido una nacionalidad, un carné de identidad y un pasaporte apenas aprecia su valor” declaró. “Pero aquellos que no lo tienen saben muy bien lo valioso que es tener una identidad legal”. “Estoy muy, muy feliz” dijo. “Mis hijos tendrán un futuro mucho más brillante gracias a los beneficios de ser vietnamitas, así que podrán disfrutar de sus vidas”. Por Kitty McKinsey en Cu Chi, Vietnam.